25.10.09

ùltimo tren a Moròn

Cuando El Presidente la saludò, se diò vuelta y se fue caminando raudamente hacia su hogar, Rumy mirò el piso y masticò bronca.

El estar enamorado y sin correspondencia es una de las proezas que el ser humano debe tener que soportar.
Cuando existe la distancia existe la erosiòn del viento, lo mismo que hace con las piedras y las montañas lo hace con el sentimiento: se va limando, va cayendo sòlido hasta quedar de pie en el paisaje, de una forma estàtica.
Cuando la distancia no existe los compàses de la mùsica se aceleran, el corazòn late màs, las miradas frìas, las miradas calientes, los pasos, la direcciòn de los pies, el aire, la tensiòn, los demàs. Todos los comentarios del mundo, las canciones que sugerìs, las palabras robadas. Todo acelera la pulsiòn de amar hasta arraigarlo con mayor violencia en el desesperado corazòn de un enamorado.

Ella buscaba en todos lados los motivos para dejar de amarlo. El pasado, sus vicios, su pasiòn erràtica, Rulfo, sus traiciones ideològicas.
Pero no habìa nada que disipe eso, tan sencillo y bàsico, tan hermètico y primitivo como simplemente quererlo, simplemente bancarse cualquier cosa.

A Rulfo lo quiso un poco. Pero Rulfo se fue y ella lentamente se olvidò de èl y hasta lo empezò a sentir como un antìdoto. Una bùsqueda, algo que ayude a calmar este ardor, eso, una aventura, un golpe en el corazòn tambièn, por què no, un poco de celos no vienen mal segùn dicen los manuales que ella nunca pudo leer.

Rumy caminò las 40 cuadras que separaban el Pasteur del Edificio.
Las caminò, llorò algunas.
Siempre despuès de llorar hay un jùbilo; una explosiòn desde adentro, un ìmpetu que sobrevuela todo, un empuje.
Muchas veces, despuès de haber terminado las tareas, comido y tomado el tè de coca, ella se acostaba y lloraba un poco.
Cuando terminaba apretaba fuerte la manta y se gritaba a si misma "lo voy a lograr, esto lo voy a lograr".

Y se dormìa. Y si soñaba con èl se levantaba angustiada y triste, porque en 2 horas lo iba a tener que ver ahì nomàs, sonriente y bueno, listo para las màs exigentes tareas. Pedagògicas, polìticas, medicinales, floricultoras, banales, operativas. Todo lo que pasaba por las espaldas del Presidente era importante en aquellos tiempos.
Y algo del amor que ella le profesa tiene estrecha relaciòn con el amor que èl deposita en lo que hace y en còmo lleva adelante sus empresas.

Rumy abriò el portòn y subiò, repasò las imàgenes del Pasteur. Se mirò al espejo y se comparò las tetas con las de la otra. Luego se sentò en su cama y llorò un ratito. En silencio, apenas mojando sus cachetes.

Pensò "no puedo seguir viviendo asì".
Se imaginò visitando a sus tìas, en las afueras de Asunciòn.
Se imaginò llegando en el coche del Presidente, juntos, como feliz matrimonio. Sonriò un poco y cuando terminò de reir volviò a sollozar.
Lo que sigue a una ilusiòn hermosa es la total soledad. La concreta sensaciòn de que no existe nada en el mundo que pueda suplantar aquello que se desea con el alma.

Eran las 8 de la noche y no llovìa. Rumy por vez primera fue concreta al pensar en escapar de esa càrcel que su corazòn le fabricò.
O por lo menos pensò en intentarlo. Y no tardò màs de 25 minutos en preprararse una mochila con ropa, juntò el dinero que tenìa y simplemente saliò.

Tenìa plata para llegar a Asunciòn en remis.
Hace tiempo que guarda todo el dinero que se le paga porque sueña con abrir su propia sucursal de Caja de Goma allà, en el Paraguay. La comida y los gastos los paga la Asociaciòn Civil, por lo que ella puede ahorrar sin pasar hambre y hasta dàndose algùn que otro gustito cada tanto.

Con la remera naranja de Paraguay bajo el buzo rojo de la URSS que un dìa le regalò Nick Cave cuando vino a cenar, un pantalòn de franela beige y su mochila, puso sus mejores zapatos en el asfalto y con los ojos aùn vidriosos, cerrò con llave y sin pensar en absolutamente nada, saliò.

Lo que Rumy estaba haciendo era una extrema mezlca interior de despecho, amor propio, estrategia, locura, agite. Estaba dejando algo que ella tambièn construyò. Sentìa pena por los arbustos dorados, los pequeños gomitas que eran como su gran familia de sobrinos, todo. Estaba aceptando algo que tardò mucho en aceptar aùn despuès de asumirlo en forma racional.
Èl no me va a amar nunca.

Se apretò las muelas para no llorar màs porque a veces la dignidad deja de volarse y ella sentìa en ese momento todo a la vez.

Se subiò al primer colectivo que encontrò, no pensò en nada, simplemente saliò.
Se sentò en el quinto asiento individual a mirar por la ventana mientras toda su vida le pasaba por delante, sus años jòvenes, el accidente en auto de su padre, su viaje a Buenos Aires, el dìa que conociò al Presidente, los primeros meses de gestiòn de Caja de Goma.

Se durmiò y soñò que estaba en un hospital y que todos los doctores y las demàs personas tenìan su cara. Las fotos de los grandes doctores eran la cara de su padre y las fotos de las grandes doctoras eran las de su madre.
Se viò internada en una pieza, luego dada de alta en la siguiente, se viò salir con un doctor sin rostro de un cuarto oscuro.

"Señora, debe bajar."
El colectivero la despertò con ambilidad y dulzura. Ella abriò los ojos y estaba babeàndose. Por un momento el desconcierto fue total, no tenìa idea de dònde estaba y hacia dònde iba. Luego recordò todo, mirò alrededor y volviò a sentirse desorientada. Ni idea.
El chofer le dijo que estaba en Moròn y que era el fin del recorrido.

Ella le preguntò dònde podìa tomar el micro que volvìa, y cuàl podìa llevarla a Retiro.
Èl sonriò sin malicia y le dijo que iba a tener que caminar 10 cuadras porque el colectivo no empieza su recorrido aquì, en la terminal. Pero que èl tenìa su coche aparcado cerca y que luego la podìa dejar en Liniers, dònde seguro podìa tomar un colectivo directo a Retiro o un remis o lo que se le antoje.

Ella titubeò y no contestò, atinò a bajar.

"Me llamo Hugo, no tenga miedo señora, soy un hombre de buena fè".
Ella se riò y le dijo que no se moleste, que podìa caminar.
Hugo le dijo que le ofrecìa de nuevo lo mismo, que parecìa estar escapando de algo de lo que se escapa en Retiro y que la podìa ayudar asì, pero que de todos modos podìa irse si querìa.

Ella lo pensò de nuevo y aceptò.